Hace unos días, mientras tomábamos café —como solemos hacer por videollamada—, hablaba con mi madre, la Dra. Bárbara Báuza, médica veterinaria graduada del Instituto Superior de Ciencias Agropecuarias de Bayamo, en Cuba. Le contaba que algunos lectores del blog me habían pedido escribir sobre los beneficios de tener un animal de compañía.
Ella sonrió, con esa mezcla de ternura y sabiduría que siempre la ha caracterizado, y me dijo:
—Los animales hacen más por las personas de lo que muchos imaginan. A veces, sin palabras, curan.
Su frase se me quedó dando vueltas. Y pensé que tenía razón.
Compañía que sana
Tener un animal de compañía no es solo compartir el espacio con otro ser vivo. Es permitir que entre a tu vida alguien que te mira sin juicio, que te acompaña en silencio, que está.
La evidencia científica confirma lo que muchos sentimos: convivir con animales puede reducir la ansiedad, la depresión y la sensación de soledad. También puede aumentar la autoestima y fomentar emociones positivas.
Durante la pandemia, cuando el aislamiento nos puso a prueba, millones encontraron consuelo en sus mascotas. “Era como si el perro entendiera mi tristeza”, me dijo mi madre. Y no exageraba. El simple contacto físico con un animal puede disminuir el cortisol —la hormona del estrés— y aumentar la oxitocina, que favorece el bienestar emocional.
Movimiento y corazón
Le comenté a mi madre que varios estudios relacionan la tenencia de perros con menor riesgo cardiovascular.
Ella sonrió otra vez:
—Claro, hijo, un perro te obliga a salir, a moverte, a respirar aire puro. Es el mejor entrenador personal.
Y tenía razón. Las caminatas diarias, los juegos en el parque o simplemente el hecho de cuidar a otro ser vivo nos mantienen activos. Ese movimiento, sumado al afecto, mejora la salud del corazón y favorece una vida más equilibrada.
Aprendizaje y empatía
En los niños, convivir con animales fomenta la empatía y la responsabilidad. En los adultos mayores, puede devolver el sentido de propósito y rutina.
Mi madre ha visto de cerca esos cambios. “Un anciano que adopta un perro vuelve a tener razones para levantarse cada mañana,” me decía. “Y un niño que aprende a cuidar un animal entiende, sin necesidad de sermones, lo que significa respetar la vida.”
Los desafíos también enseñan
Por supuesto, no todo es sencillo. Cuidar de un animal implica tiempo, dinero y compromiso emocional. Requiere estar presente, incluso cuando el animal enferma o envejece.
Mi madre lo resumió con serenidad:
—Adoptar un animal no es una moda ni una terapia, es una relación. Y toda relación sana implica cuidado, responsabilidad y amor.
Esa frase encierra mucho de lo que la medicina del estilo de vida también enseña: que la salud florece cuando cuidamos de otros, cuando cultivamos vínculos y vivimos con propósito.
La ciencia confirma lo que el corazón sabe
Los estudios más recientes coinciden con lo que la experiencia cotidiana demuestra: las personas que conviven con animales presentan mejor bienestar emocional, mayor actividad física y, en algunos casos, menor riesgo cardiovascular.
En contextos clínicos —como depresión, ansiedad o enfermedades crónicas—, los resultados son variados, pero las tendencias apuntan hacia beneficios reales, especialmente cuando el vínculo es positivo y estable.
Más allá de los datos, hay algo profundamente humano en este lazo. Cuidar a un animal nos devuelve una parte esencial de nosotros mismos: la capacidad de conectar sin palabras, de acompañar sin pedir, de amar sin condiciones.
En resumen
Tener un animal de compañía puede mejorar la salud del cuerpo y del alma. Pero más que un “tratamiento”, es un recordatorio de lo que significa cuidar y dejarse cuidar.
Mi madre lo dijo de la forma más sencilla y hermosa:
—Cuando abres la puerta de tu casa a un animal, también abres la puerta de tu corazón. Y eso, hijo, siempre sana.
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